Hay veces que las personas necesitan un descanso. Para coger fuerzas, para, como dicen ahora, recargar las pilas, cambiar el "chip" por un momento para volver de nuevo a la rutina. Algunos necesitan viajar, otros dormir, hacer deporte, salir de marcha... Personalmente, mi descanso es el campo. Comer rápido y temprano, que se acaben las prisas ahí, y bajar al campo hasta el atardecer. Sentarme debajo de un árbol, en una piedra, en el suelo entre la hierba. Da igual, eso es lo de menos. Pasar la tarde y disfrutar. Hay veces que ves cosas especiales, como el canto de una perdiz, el juego de un becerro, una pelea de toros... pero otras ves pasar una tarde sin más, ves a las vacas pastar a lo lejos, la hierba mecida por el viento, la mariposa que vuela libre mientras el sol va cayendo y la tarde se va. Todo eso me relaja. Dejo la tarde en manos de la naturaleza y ella me responde.
El último día que estuve en el campo me senté entre la hierba. Las vacas estaban a lo lejos pero, por no molestar, no quise acercarme más. El olor a flores y a campo invadía el ambiente. Parecía ser unos de esos días en los que disfrutas viendo pasar la tarde sin más, pero la naturaleza tenía algo guardado. Las vacas se fueron acercando, poco a poco, mientras comían. Al rato estaba rodeado por ellas, seguían pastando y hasta escuchaba como arrancaban la hierba. Alguna cuando se acercaba demasiado me miraba con indiferencia y seguía a su menester sin hacerme ningún caso. Hasta que llegó él, el semental, Ciclón. Estaba entre las vacas y me vió. Se paró cerca y me miró. Entonces me habló. Los animales te hablan sin palabras, con su mirada, con sus gestos, con sus movimientos. Él se quedó allí quieto, mirándome fijamente y empezó a hablarme. Me contó con su mirada que recordaba cada mañana aquel día frío cuando su madre murió y Pepón lo recogió del arroyo. El paso de la yegua mientras sus patas rozaban las crines y Pepe lo sujetaba con sus manos. Me contó el miedo que pasó la primera vez que mamó de aquella cabra a la que llamaban "Ciclona", que después le cogió cariño y que, aunque algunas veces le daba en el hocico con las patas, sabe que a su leche le debe la vida.
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| Me contó que la leche de aquella cabra le dió la vida |
Entre tanto una vaca lo distrajo y se fue durante un rato. Esperé paciente sentado en la hierba y pasado un tiempo se acercó de nuevo. Volvió a mirarme fijamente y en su mirada pude leer que tenía un amigo. Que era un niño, de su misma edad, llamado Darío y que era nieto de Pepón. Me dijo que recordaba cuando, por primera vez, Pepe lo montó en su lomo. Eran dos niños, uno todavía llevaba pañales y el otro apenas si tenía pitones. Me contó que, a pesar de su bravura, no pudo hacerle nada y que aceptó esa amistad como agradecimiento a Pepón, era consciente de que aquel hombre le había salvado la vida.
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| Ciclón y el nieto de Pepón se conocieron de pequeños... |
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| ...cuando uno llevaba pañales y el otro apenas tenía pitones | |
Me dijo que como tienen la misma edad, Pepe celebra su cumpleaños y el de su nieto juntándolos de nuevo como cuando se conocieron. Le había cogido cariño y la amistad se había consagrado.
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| Me dijo que se veían todos los años... |
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| ...y que Pepón lo montaba en su lomo como hacían de pequeños |
Unas moscas le entretuvieron un momento y al poco tiempo volvió a centrar su atención en mí. Su noble mirada me contaba que aquel chiquillo había ido cambiando poco a poco. Que ya tenía más confianza con él y se quedaba un buen rato él solo sobre su lomo. Que había crecido y había cambiado los pañales por alguna camiseta de fútbol y que pesaba más, pero que a él no le importaba, esa amistad era una demostración de lealtad y de agradecimiento hacia el amor del hombre, hacia Pepón.
De nuevo vino la vaca en busca de su atención y Ciclón se fue. Esta vez tardó más tiempo en volver. Lo veía a lo lejos bastante ocupado intentando cortejar a aquella hembra y pensé que no volvería. Ya era tarde, apenas había sol y había que volver a casa. Me levanté del suelo y me fui andando en busca del coche, pero cuando vió que me alejaba Ciclón me volvió a mirar y pareció que me dijo que, a pesar de estar ajetreado, esperaba la vuelta de Pepón con su nieto para celebrar el siguiente cumpleaños.

Lo observé unos segundos más y me fui andando despacio de allí. La sonrisa no me cabía en la cara. No sabía si aquello era realidad o lo que reflejaba la mirada de aquel toro no era lo que yo vi. La tarde había pasado volando y parecía un sueño. ¿Había hablado con un toro? No sé, fue algo extraño que jamás olvidaré, una tarde fugaz y la mirada de aquel toro. Una historia demasiado perfecta para ser real, pero es lo que tienen los animales y la naturaleza, que hay días que te sorprenden con algo especial...