lunes, 25 de febrero de 2013

El toro "Ciclón"

Hace ya tres años, un día despejado de invierno de esos en los que el frío te quema, allí estaba él. Su madre, "Pelopinta" de nombre y colorada de capa, había fallecido esa noche debido a la edad y al frío invernal. Él, colorado igual que su madre, aguardaba acurrucado cerca de un arroyo. Sin su madre y con sólo varios días de vida su destino no distaba mucho del de su progenitora. Pensaba él que para que nacer si ese era el mundo que le esperaba. El frío, el hambre y el miedo traían de la mano a la muerte, pero alguien se le adelantó.

Andaba el vaquero Pepe, conocido por los amigos como Pepón, repasando las vacas con su yegua de toda la vida. Observó a la vaca muerta y cerca de ella vio el pequeño cuerpo de aquel becerro. Pensaba él que ya estaría muerto pero para su sorpresa todavía aguantaba aquel pobrecito huérfano el frío de aquel amanecer. El hombre lo recogió, lo subió a la perilla de su montura y se lo llevó con la intención de salvarle la vida.

Le quitó la tiritona con algunas mantas y con la caricia de sus manos y lo alimentó con leche de sus cabras para quitarle el hambre. Aquel becerro había salvado la vida gracias a aquel vaquero.

Fueron pasando los días y Pepón, para ahorrarse trabajo, lo acostumbró a mamar directamente de una de sus cabras. No le costó mucho esfuerzo ya que la experiencia es un grado y no era el primero que aquel hombre salvava así. Para aquella labor escogió su cabra más noble, de nombre "Ciclona", y al poco tiempo la cabra esperaba al becerro y el becerro esperaba con ansia la aparición de aquella cabra. Desde aquel momento aquel macho destinado a llamarse "Pelopinto" pasó a ser conocido como "Ciclón".

"Ciclón" fue creciendo entre las manos de Pepe y el tufillo a leche de cabra. El hombre lo acariciaba y mimaba e incluso lo acostumbró a ir detrás de él como si de su madre se tratara. Un día llegó el momento de separarlo de la "Ciclona", aquel becerro fue herrado con el número 54 y se unió a la camada a la que pertenecía. Creció junto a sus hermanos y tuvo una vida normal de toro bravo.

Ahora aquel becerrillo colorado es utrero. Tiene buenas hechuras, fue bravo en la tienta y posiblemente sea semental de la ganadería.

"Ciclón" en la actualidad, un precioso utrero que será semental
Pero a pesar de su bravura aquel becerrillo colorado no ha olvidado quien lo recogió aquel día frío de invierno en el arroyo y sabe que a él le debe la vida. Todavía todas las mañanas "Ciclón" y Pepón se saludan con varias caricias en demostración de esa amistad tan verdadera.

Pepe y "Ciclón" se saludan todas las mañanas como buenos amigos
Y como dice el vaquero: "Los animales muchas veces son más buenos que las personas". Aquel becerro colorado demuestra su lealtad a Pepón e incluso deja que su nieto se suba a su lomo como si de un caballo se tratase. Y también se deja acariciar por alguno de los que lo vimos criar desde pequeño.

Es un auténtico privilegio ser amigo de Pepón y de "Ciclón"
 La afición y el amor por los animales de un vaquero que aquella mañana de invierno cambiaron la suerte de un animal que pasó de estar casi muerto a tener una vida regalada, que pasó de estar huérfano a ser criado por una cabra, que pasó de llamarse "Pelopinto" a llamarse "Ciclón" y que cambió a su madre por un amigo, un amigo al que le debe la vida.

miércoles, 20 de febrero de 2013

El Nacimiento

Tras "La Cubrición" la vaca pudo quedar preñada o no. Si no quedó preñada se repetirá el celo al poco tiempo y el toro andará de nuevo con ella. Normalmente si son hembras jóvenes y fértiles no tienen demasiado problema para quedar preñadas. A medida que pasan los años las vacas van perdiendo fertilidad hasta el punto que nunca más quedarán preñadas. Estas vacas, si fueron buenas quedarán en la finca hasta el final de sus días como homenaje y recompensa a la bravura aportada a la ganadería. Si su descendencia no fue la adecuada son desechadas como "desvieje". También existen vacas que nunca quedan preñadas. Son las llamadas "machorras". Repiten el celo una y otra vez y en cuanto el vaquero se da cuenta son desechadas porque que ocupan un puesto en la vacada sin producir. 

Hay vacas que aunque ya no puedan parir tienen el honor de morir de viejas en la finca
Pasados varios meses desde la cubrición, el vaquero, como siempre, repasa el lote. Sabe que la vaca quedó preñada puesto que el semental anduvo con ella un tiempo y no ha vuelto a repetir el celo. Repasa su libreta y allí está apuntada la vaca y la fecha en la que aproximadamente fue cubierta por el toro. La busca entre el resto de madres y ya se le observa la avanzada gestación. Casi han pasado nueve meses y le quedan pocos días para parir. En este tiempo la vaca ha vivido tranquilamente solo con la preocupación de comer y descansar para nutrir al becerro que poco a poco se forma en su interior. Y ya queda poco para que el recental vea la luz del sol por primera vez. A la vaca se le nota el vientre abultado debido al crecido retoño que vive todavía en su interior. Las mamas van creciendo de tamaño para alimentar a su futuro becerro. El vaquero no pasa por alto estos detalles y sabe que pronto la ganadería aumentará su población. Cuando repasa el lote, debido a su afición, hace especial hincapié en estas vacas que están a punto de parir. Hasta que llega el día en que un detalle más aparece. Es, para el vaquero, el indicio del nacimiento. La vaca tiene las ubres repletas y la vulva aparece de mayor tamaño y con más brillo de lo habitual. Es inminente.

A la vaca se le "ve" el becerro en su interior debido al abultamiento que produce
La vaca siente la inmediatez del nacimiento. Normalmente cuando los rayos de luz son breves, al amanecer o al anochecer, como queriendo pasar desapercibida, la vaca se aparta del resto para dar a luz. Escoge un sitio apartado, escondido, cómodo, seco y, por supuesto, tranquilo. Algunas paren de pie y otras echadas. Lo primero que asoma del becerro son las manos y entre ellas la cara. Al poco tiempo el recental sale por completo de su madre. La madre antes que nada, por instinto, se come las "pares" y todos los restos del parto. Inmediatamente atiende a su hijo. Lo lame con recelo por todo el cuerpo para estimularlo y limpiarlo. Es el primer contacto del becerro con su madre. Al poco tiempo el becerro intenta levantarse. Le cuesta un mundo pero el instinto y el hambre aprietan y con esfuerzo logra conseguirlo. La primera reacción del recién nacido es buscar alimento en las ubres repletas de vida de su madre. Él sabe que busca algo que cuelga y se puede confundir incluso con la papada de su madre, pero con la ayuda de su progenitora pronto encontrará las mamas y dentro de ellas el beneficioso "calostro".


El becerro nada más nacer busca la ubre de su madre con insistencia
 Mientras la madre lo sigue limpiando, el becerro se llena la barriga del alimento que llena las ubres. Una vez ingerido el calostro el cansancio de las primeras horas de vida aparece en el recién nacido y el sueño le puede. La vaca deja a su hijo en el lugar más escondido del cerrado y el becerro, alimentado y bien atendido cae rendido. Se dice entonces que el becerro está "encalostrado" y puede dormir casi un día entero tras sus primeros momentos en el campo bravo. La vaca vuelve con el grupo y se alimenta para reponerse de tanto esfuerzo.

La vaca deja a su becerro descansando en el lugar más escondido
 Entonces aparece por allí el vaquero. En cuanto la ve sabe que la vaca ha parido. La curiosidad aparece y busca al becerro por todo el cerrado para ver si es macho o hembra, que pelo tiene y hacerle la señal en la oreja o "enchaparlo". En unas ocasiones su búsqueda tiene recompensa. En el lugar más inesperado se encuentra al becerrro, algunas veces todavía sucio por las patas pero, eso sí, bien alimentado, mimado y escondido. Entonces el hombre se baja de su caballo, observa si es macho o hembra y le hace la señal de oreja de la ganadería o le pone las "chapas" o "crotales". Siendo tan pequeño el becerro ni se entera y el vaquero lo deja en el mismo sitio descansando.
Todavía sucio por las patas, con el cordón umbilical todavía colgando y ya "enchapado"
 En otras ocasiones para el vaquero es imposible encontrar al recién nacido. Lo busca todos los días, pero si no lo encuentra no pasa nada. A los dos o tres días aparece al lado de su madre descansando mientras ella pasta la verde hierba de la finca. En cuanto ve al hombre la vaca por precaución se va hacia otro lugar y el becerrillo, con tan solo varios días, sigue a su madre con esfuerzo y torpeza hacia otro rincón de la finca...