martes, 21 de abril de 2020

San Fermín y el coronavirus...

Hay un dicho popular que ahora, quizás, sea más oportuno que nunca: "la vida es aquello que te va sucediendo mientras estás ocupado haciendo otros planes". Y es que el ser humano tiene una capacidad increíble de ir a lo suyo. Da igual lo que se le ponga por delante. Desastres naturales, guerras o, porque no, una pandemia. Somos capaces de asumir riesgos innecesarios por conseguir un objetivo, sea cual sea ese objetivo y sea cual sea ese riesgo. Te pueden dar muchos consejos y recomendaciones que dará igual, en tu cabeza está ese propósito y tú vas a por él.

Siempre me ha llamado la atención lo inconsciente que podemos ser a ojos de los demás, pero eso es, ni más ni menos, porque nadie sabe lo que es tener nuestro objetivo en la cabeza. Cada uno tiene el suyo y lo que a nosotros nos parece una locura a otra persona le puede parecer lo más sensato del mundo. Hay muchos riesgos que asumimos a lo largo de nuestra vida, pero sin esos riesgos ¿qué sería vivir? 

Quizás sea una locura ponerse delante de una manada de toros en una calle estrecha, rodeado de cientos de personas. Muchos tienen una meta, que podrán conseguir o no. La búsqueda del riesgo, de la adrenalina, de un sentimiento. Otros corren sin saber muy bien a donde van y también los hay que se limitan a mirar desde un lado viendo pasar el encierro. ¿Es una locura? Quizás sí o quizás no. Depende de lo que tengas en tu cabeza, en tu pensamiento. Tal vez ese riesgo merezca la pena solo por la sensación de un segundo, un segundo que siempre mantendrás en tu memoria. El momento, la calle, el toro. Los sonidos y hasta el olor. Pasan los años y no lo olvidarás. Seguro que ya no te acuerdas del riesgo, pero ese segundo, esa sensación, seguirá siempre ahí.

En la vida ocurre lo mismo. Quizás estábamos todos corriendo el encierro de Pamplona y no lo sabíamos. Nos hemos dado cuenta ahora. La explosividad de la niñez era la cuesta de Santo Domingo, donde todo pasó rápido, pero a la vez lento, de forma muy intensa, donde pequeños instantes te marcarían para el resto de tu existencia. El sol nos deslumbró en Mercaderes con velocidad, donde vislumbramos la vida en la adolescencia. Todo parecía claridad. El "chocazo" en la curva fue una vuelta a la realidad, pasamos a ser adultos y luego, entramos en una calle larga donde la marea de gente y situaciones nos llevó. Estafeta es la madurez del hombre, ahí las grandes personas se hacen más grandes y a los pequeños se los come esa calle oscura con grandes edificios y se pierden a los lados entre los demás corredores. Por último, ya con inercia, iniciamos una bajada donde los más importantes dan sus últimas pinceladas y dejan su sello, para acabar todos en la plaza, donde cada uno alcanza su destino, su final. La existencia, en el encierro.

Quizás los problemas de la vida eran esos seis toros con puntas astifinas, los más grandes del campo bravo. Cada uno los sorteaba como podía corriendo en su tramo. Alguno se lucía y se los dejaba llegar con riesgo. Otro, arrollado, se caía delante de ellos esperando que pasasen sin más, gracias al capotillo de San Fermín y los más desafortunados se llevaban la cornada. Al final, todos disfrutábamos en mayor o en menor medida de esa carrera que es la vida, de esos toros y de ese riesgo ¿Qué sería la vida sin eso?


Pero cuando más cerca llevábamos a ese toro, cuando quizás estábamos disfrutando más de esa carrera, cada uno con sus riesgos y sus objetivos, nos encontramos de frente el montón. Íbamos mirando hacia atrás, hacia ese toro que tanto riesgo traía y el coronavirus nos frenó en seco.

No hubo mucho tiempo a reaccionar. Quedamos atrapados de lleno. Confinados y aplastados por una muchedumbre de gente. Intentábamos salir pero no podíamos. Nuestros problemas anteriores llegaron y allí se quedaron atrapados también. Con sus puntas astifinas sin poderse mover tampoco, inofensivos ante tal montón. Braceábamos y hacíamos toda la fuerza que nos salía del alma por intentar escapar pero no podíamos, agobiados y angustiados ante una situación que no podíamos controlar. El montón nos había cortado la carrera, el coronavirus nos había cortado la vida. Ahora los toros, nuestros problemas de siempre, eran lo de menos.


La situación era dramática. Confinados sin poder salir, nuestra vida, el encierro, había cambiado por completo. Y cuando menos lo pensábamos esos toros salieron por un lado. Sin darnos cuenta si quiera, cogieron el callejón y desaparecieron. Nuestras prioridades eran otras. La gente se ahogaba debajo, aplastados por el coronavirus. Otros esperaban poder salir vivos de allí, daba igual como. Fueron segundos que se hicieron eternos. Los sanitarios ayudaban a sacar a los corredores de debajo a tirones. Los policías, con su capote, metían a los toros en los corrales. La gente, desde el balcón del tendido, aplaudía. Poco a poco, el montón se fue deshaciendo y aquello acabó. 


Muchos miraban para atrás. Allí quedaban los zapatos, solos, desparejados, sin dueño, sin que nadie los reclamase. Nunca más se los volverían a poner. Los restos de los caídos en aquel desgraciado montón, los restos de los caídos en el dichoso coronavirus. Sin embargo aquel hombre no miraba para atrás. Caminaba por la arena deshecho, hacia delante, con la mirada perdida hacia el suelo, pensando en lo que había pasado, pensando quizás que se habían acabado definitivamente los encierros de Pamplona. En ese momento pasó por su mente que el encierro cambiaría para siempre, que no volveríamos a sentir las astifinas puntas a centímetros de la camiseta blanca, que nuestra vida sería otra, que las pezuñas no volverían a sonar por Estafeta.


Aquella tarde fue diferente. Intentaba seguir como siempre pero no podía. Fue duro seguir adelante después de aquel montón, de aquella situación vivida. Había sentido el riesgo más cerca que nunca. Quizás se lo recordaron muchas veces aquella noche, pero pasado aquel trance, allí estaba otra vez, a la mañana siguiente. Su objetivo no había cambiado, le cantaba al Santo antes de ir a buscar su sitio, como siempre, y sacó raza. Era día 14 y sus antiguos problemas habían crecido, llevaban el hierro de Miura, pero tiró para delante. Aquel montón no se le olvidó jamás, ni aquellas caras, ni aquellos zapatos, pero sonó el cohete. Ese cohete que anunciaba el final del coronavirus y el principio del encierro, el principio de la vida. Los bueyes salieron, los cencerros retumbaban por la calle, los nervios y el griterío. La marea de gente que cada vez se acerca más deprisa. El encierro siguió su curso y, dejándose los toros llegar, la vida siguió corriendo hacia la plaza...

Ánimo a toda la gente de Pamplona, a todos los aficionados al toro y, en especial, a todos mis amigos. Ya mismo estamos viendo toros en la calle y en la plaza ¡Viva San Fermín! 

domingo, 21 de julio de 2019

El encierro de San Fermín...

Dos minutos y algunos segundos dicen que dura el encierro de Pamplona. Lo dicen los que lo ven desde un balcón, en la plaza o por la tele. Incluso los que lo ven desde el vallado. Pero la duración del encierro en realidad es difícil de medir, no se cuenta, no se cronometra, la duración del encierro de Pamplona se siente.

El encierro no comienza con un cohete, el encierro comienza cuando de pequeño te pones un pañuelo rojo al cuello y ves los encierros por la tele, con los nervios y la ilusión de un niño que quizás ni es consciente de lo que ve. Comienza hablando con amigos, expertos corredores, pidiendo consejo. Desde las zapatillas, el tramo donde correr, las diferentes situaciones y hasta las sensaciones. Porque el encierro es eso, esas sensaciones.

El encierro no es una carrera, ni varios toros rodeados de bueyes y de gente. No es una foto o una camiseta de color. El encierro es levantarte a las seis de la mañana y caminar solo, vestido de blanco y rojo, desde el hotel hasta donde has quedado con tus amigos. Lo que piensas en ese paseo solitario es el encierro. Te encuentras a gente riendo, bailando, alguno borracho y a otros desayunando. Tu vas mirando al suelo como perdido, serio y con el corazón encogido. Ahí te molesta todo, la música, las risas, el griterío y hasta el ruido que hacen tus zapatillas al rozar los adoquines.

El encierro es esperar a tus compañeros un rato porque no podías dormir y has salido antes. Es caminar juntos, en silencio, sin querer coger por el recorrido, evitando la gente y cualquier ruido posible. Apenas se habla, no salen las palabras. Se crea una atmósfera especial. Los mismos, a la misma hora, por el mismo camino y con el mismo destino, o quizás diferente, quien sabe.

El encierro es dejar todas tus pertenencias en casa de un amigo. Cada uno las deja en un sitio, un sitio que con los días se acaba volviendo tu sitio, ya sea por superstición o por costumbre. Tus amigos se vuelven tu equipo. Vais juntos desde la casa hasta un lugar cercano al recorrido pero apartado, donde el bullicio no molesta y no rompe esa calma tensa que lo envuelve todo. Allí saludas a otros corredores, amigos y compañeros de batalla. Calientas un poco, hablas algo para intentar aliviar tensión y todos juntos, vais dirección al encierro.

Allí todo cambia. La calma tensa dejar de ser calma y se queda todo en pura tensión. Atraviesas el vallado por debajo de algún fotógrafo, algún guiri o algún joven que todavía sigue de fiesta. Ni te das cuenta. Estás tan metido en tus pensamientos que llegas casi porque sigues a los tuyos. Esperas en la cuesta de Santo Domingo y salen los miedos de cada uno. Entre la multitud te abres paso para ir a ver al Santo. Vas solo, como en una liturgia que tu mismo creas. Eres tú, tus miedos, tus pensamientos y nadie más. Hay veces que te cuesta andar entre tanta gente. No te explicas como pueden pasar por ahí los toros y los bueyes. Llegas al Santo, lo miras y piensas. Algunos rezan, otros besan alguna medalla o alguna foto. Todos metidos en su liturgia. Aquel trozo de calle se convierte en una especie de capilla de plaza de toros, pero sin oro ni plata. Solo unos pañuelos y unos periódicos.

Terminas de pensar, miras al cielo por un segundo y te vuelves entre la multitud. No te quedas al cántico, cada uno tiene sus costumbres. Caminas despacio entre tanta gente, por donde puedes, hasta llegar a donde están los tuyos. Se forma un corro improvisado. Se habla poco. De vez en cuando, sin decir nada, alguno se va caminando despacio. Nadie pregunta a donde va. Irá a ver a San Fermín, a saludar a algún conocido o a donde quiera. Tú te quedas allí, mirando a todas partes, esperando a que llegue la hora.

Los minutos pasan muy lentos. Se hace eterna la espera. Preguntas la hora. Todavía queda. Miras a tu alrededor y ves la tensión en las caras, hasta en los corredores más expertos. Miradas perdidas. Nervios. Pies inquietos. Hasta que llega el momento. Uno del grupo anima a los demás a partir con un simple "vamos". Todos empiezan a caminar por el recorrido entre la gente y ves como tus compañeros se van separando. Les deseas suerte y ellos a ti. Cada uno va buscando su lugar, su sitio en el recorrido, su destino. Entonces te quedas solo.

Ya no hay compañeros, ni amigos, ni expertos corredores que te indiquen. Ahí estás tu solo, con tus miedos, tu instinto y tus reflejos. Te amarras las zapatillas y nunca te parecen que estén lo suficientemente apretadas. A tu alrededor un montón de gente desconocida espera. Ves a un grupo de guiris riéndose a carcajadas y te pones todavía más nervioso ¿Sabrán en realidad lo que hacen aquí? Intentas abstraerte mirando hacia arriba pero es peor. Cientos de personas miran hacia abajo desde los balcones. Desayunan, se ríen, hacen fotos. Te sientes pequeño, indefenso, solo. Pegas unos saltos no por calentar, sino por soltar los nervios. Ya no puedes más.

De repente, a lo lejos, escuchas el cohete. Entonces la calle parece que empieza a hervir. Desde los balcones la gente grita. Los corredores saltan y tu saltas también. Intentas ver algo, los toros, los bueyes, un pastor o lo que sea, pero lo único que empiezas a ver es gente corriendo en estampida, con la cara desencajada, huyendo de algo que tu conoces pero no eres capaz de ver. Aguantas allí quieto como puedes, dejando pasar a gente que corre a lo loco, apartándola con las manos. Entonces a lo lejos escuchas los cencerros. El griterío aumenta. Ves los flashes desde los balcones. La manada se acerca. Antes de que te des cuenta la tienes encima. Escuchas como las pezuñas arañan los adoquines como cuchillas. Intentas meterte pero no puedes. Codazos, empujones y golpes. Ves un par de toros algo más rezagados y lo intentas. Corres un poco al lado de un toro, solo un par de metros. Parece que vas en una nube, no te lo crees. Miras hacia delante y ves a alguien en el suelo. Intentas saltarlo pero te tropiezas y te caes. Da igual. Has corrido junto a un toro en Pamplona. Solo un par de metros, pero lo has hecho. Te levantas y por inercia sigues corriendo unos metros más, por puro instinto. Pero luego piensas, te pegas a la pared y dejas pasar a los bueyes escoba con una sonrisa en la cara.

Entonces crees que el encierro ha terminado, pero te equivocas. Caminas casi flotando por esos adoquines y esas rayas blancas que tantas y tantas veces has visto por la tele. Vas ya en sentido contrario al recorrido. Empiezas a acordarte de tus compañeros. Te preocupas. Poco a poco, entre la multitud de gente van apareciendo. Ahora sí se habla. Preguntas que tal y ellos te preguntan. Se intercambian sensaciones, risas y bromas. La tensión ha desaparecido. Conversáis un poco, no estáis todos pero decidís ir caminando de vuelta a la casa.

Por el camino, en el centro de la calle, veis un charco de sangre. Seguís charlando y te sientes un afortunado. Te preguntas de quién será y que habrá pasado. Llegas a la casa y recoges tus cosas. Solo han estado allí un rato pero te parece que hace mucho tiempo que las pusiste en ese lugar. Quizás fue esa sensación al dejarlas de no saber cuando las volverías a coger. Te sientas en la mesa y te tomas un café y unos churros. Ves la repetición del encierro por la tele y escuchas atento los comentarios de corredores con muchísima experiencia. Intentas aprender. Te fijas en cada imagen y te das cuenta de lo diferente que se ve en la televisión. Entonces comprendes que los colores sobran. Que lo bonito del encierro no es salir en la tele. Lo importante del encierro eres tú y tus sensaciones, no una foto o un vídeo. Esa sensación anónima, tuya propia, de blanco y rojo. Tú, tus miedos, tu instinto y tu soledad entre tanta gente y con unos toros. La tele como si la quitan, esas sensaciones en esos adoquines no te las quitará nadie, nunca.

El desayuno se alarga y los últimos compañeros van llegando. Cada vez que suena el timbre te alegras. Ves a otro amigo llegar sano y salvo. Algunos han tenido más suerte que otros pero todos están bien y eso es lo importante. No los conoces de hace mucho tiempo pero el encierro une más de lo que parece.

Cuando acaba el desayuno os vais todos juntos al almuerzo. El encierro no ha acabado. Hablas de los toros, de los bueyes, de la gente. Te cuentan anécdotas y experiencias. Les preguntas y les pides consejos. El ambiente es espectacular. Por la tarde vais a la corrida juntos. Sale el toro junto al que corriste dos metros por la mañana. Solo dos metros entre tanta gente. Da igual, lo sientes como tuyo. Te parece mentira, pero todavía tienes el pequeño agujero en el pantalón desde por la mañana. Lo miras como para convencerte de que eso que has vivido es verdad.

Acaba la corrida, sales con las peñas y te tomas algo, pero te das cuenta de que tus compañeros tienen la mente puesta en otro sitio. Beben y lo pasan bien, pero cuando cae la noche no paran de mirar el reloj. Todavía se habla del encierro de por la mañana y ya está la mente puesta en el siguiente. Temprano, mucho más temprano de los que lo ven por la tele piensan, observas como tus compañeros se van dispersando poco a poco. Toca volver a casa para estar descansado a la mañana siguiente. De vuelta te encuentras a mucha gente de fiesta, pero tu fiesta está en otro sitio, a otra hora y de otra forma. Tu fiesta está en un encierro, unos toros y unos bueyes. No te dan envidia. No saben lo que se pierden.

Llegas al hotel y te pegas una ducha. El encierro de esta mañana para ti todavía no ha terminado. Te acuestas y sigues con la imagen de ese toro pasando a tu lado antes de estrellarte contra los adoquines de Pamplona. Piensas como lo tendrías que haber hecho, que habría hecho alguno de tus amigos en tu situación o como lo harás mañana. Al final, el cansancio hace mella y, con la cabeza metida de lleno en Estafeta, te duermes.

Vives San Fermín, corres varios días y vuelves a casa. Tienes una sensación extraña. Te quitas el pañuelo rojo del cuello y sientes que te falta algo. Te falta una parte de ti, te sientes como desnudo, vacío. Lo cuelgas en la pared, cerca de la cama. No lo quieres tener muy lejos. Guardas la ropa blanca y miras el boquete en el pantalón. Te quedas pensando. Pobre de mí, que he vivido el encierro de San Fermín. Dicen que el encierro dura dos minutos y varios segundos, pero tú, ya sabes que el encierro nunca se acabará dentro de ti...

Foto: Navarra.com

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Toros, política y ecologismo...

Ahora, por como casi siempre, por intereses, la tauromaquia vuelve a estar en el centro de atención. Vuelven a sacar el tema de los toros periodistas, políticos, animalistas y otra vez todo el mundo a opinar y a poner en cuestión esta afición. Hay personas que piensan eso de "para bien o para mal, pero que hablen", pero yo no estoy demasiado de acuerdo. Estoy cansado de que nos pongan en duda y más aun de que se utilice el mundo del toro como arma arrojadiza ya sea por parte de una opinión política o de otra solo y únicamente con el fin de ganar votos. El mundo del toro es mucho más serio que eso.


Estoy cansado de que al toro bravo se le ponga siempre la etiqueta de la política y curiosamente del pensamiento más de derecha. Los partidos de derecha parecen abanderar la defensa de la tauromaquia y los de izquierda pretenden prohibirla ¿Qué ocurre con eso? Que los periodistas se hacen eco de ello, lo difunden a bombo y platillo y la sociedad se lo cree, pero eso no es así. Cuando eres aficionado a la tauromaquia de verdad y conoces e incluso tienes muchos amigos que comparten esta afición te das cuenta de que hay aficionados de todos los pensamientos políticos, de derecha y de izquierda, monárquicos y republicanos, gente que es muy afín a un partido político y otra que varía más en su intención de voto. Tanto es así que incluso hay toreros de todos los pensamientos políticos posibles. Entonces ¿a qué viene esa etiqueta? ¿por qué esa injusticia de encasillar a la tauromaquia? El mundo del toro es mucho más amplio. Dejen de jugar con esta cultura para conseguir votos. Los votos, señores políticos, se consiguen haciendo política, no demagogia. Tanto los que estáis a favor, como los que estáis en contra, dejen de utilizar la tauromaquia. 


Otra cosa que me llama profundamente la atención es la superioridad moral con la que suelen tratarnos los antitaurinos. Simplemente por pensar diferente ya no somos aceptados, por no pensar como ellos ya somos animales y nuestro pensamiento les parece una aberración, y tampoco lo entiendo. Si yo respeto a todo el mundo ¿por qué no puedo ser respetado? Si mi visión como ser humano y además como veterinario, no es la misma que la de un antitaurino ¿por qué debe estar por debajo a la de él? No lo entiendo. Respeto los gustos de todas las personas, sus aficiones y su forma de vida ¿por qué no respetan la mía? 


Luego está el tema de los ecologistas y animalistas. También me genera gran cantidad de dudas y no lo consigo entender. Quieren que desaparezca el toro bravo, porque no respeta el bienestar animal y el toro sufre y cientos de "argumentos" más. Y yo me pregunto ¿saben de verdad como vive el toro bravo? He tenido la suerte de criarme entre toros, en el campo y he estudiado veterinaria por amor a los animales. Sí, han leído bien, porque me gustan los animales. Dudo mucho que un animalista sepa más de la vida del toro bravo que yo, que paso muchas horas en el campo rodeado de toros y además soy veterinario y he estudiado todo eso del bienestar animal de lo que tanto hablan. Y la verdad, me gustaría que antes de intentar prohibir algo, al menos se informaran bien de lo que están intentado prohibir.


Señores, el toro bravo es ecologismo. Donde vive el toro bravo no hay pesticidas, ni cultivos transgénicos, ni laboreo de la tierra. Lo que sí hay es flora autóctona, la del ecosistema natural e intrínseco de cada zona. También hay mucha fauna. Cientos de conejos, perdices, reptiles y otros animales viven en torno al toro. He visto un águila imperial (esa que tanto protegen) comiéndose un conejo en un alambrado que separa dos cerrados de toros bravos ¿Hay algo más ecologista que eso? Pero claro, desde la pantalla del ordenador o desde el sillón de la oficina esas cosas no se ven. 





También me hace mucha gracia esos que no entienden la gran economía que mueve el mundo del toro. No saben cuánta gente vive de la tauromaquia. Mi abuelo se dedicó toda la vida al toro bravo. Mi madre y mis tíos vivieron del sueldo de mi abuelo, del toro bravo, y como mi familia muchas otras más ¿Quiénes son ustedes para quitarle el pan a tantas familias? ¿Ahí da igual el paro y los salarios? ¿Quiénes son ustedes para quitarme mi afición, mi pasión y mi forma de vida? A mí y a muchísimas personas más ¿Dónde está mi libertad? 


¿Saben quizás lo que es ver a un semental morir de viejo en el campo? ¿O lo que es criar a un becerro a biberón porque su madre murió en el parto? El toro bravo vive de una forma privilegiada y se le cuida con muchísimo cariño y tengo suficientes argumentos para decirlo ya que he visto como vive el ganado manso en extensivo y en intensivo, los animales salvajes, los animales de compañía y muchos otros animales de producción. Me llama muchísimo la atención esos que hablan del bienestar animal del toro bravo desde un piso y con un galgo a su lado. Llevan a los perros al veterinario porque tienen conductas inapropiadas como morder los muebles o destrozar las cosas, pero te hablan de la vida del toro bravo sin conocerla. Eso lo hacen los perros por puro estrés, pero ahí por lo que se ve da igual el bienestar animal. Se quejan del toro bravo cuando, en muchos casos, su pobre perro no es libre ni para hacer sus necesidades cuando le apetece, tiene que esperar a su dueño, pero claro, es muy sencillo en esta sociedad intentar prohibir lo que ni siquiera se conoce. Cada uno es libre de tener a su mascota como considere pero ¿por qué quieren quitarnos el mundo del toro? 




Y por último el tema por excelencia, el toro y España. Muchas personas no parecen de aquí, parecen japoneses. Se creen el cuento de la gitana bailando sevillanas, el torero, el toro y la paella. Señores, se equivocan. No ataquen al toro bravo por ser español. Ni España es solo el toro, ni el toro es solo de España. Eso es un pensamiento tremendamente egoísta. Si en Francia, Portugal, México, Colombia, Perú... la cultura taurina está tan arraigada o más que aquí ¿por qué os limitáis a asociarla con nuestro país? El mundo del toro es universal. Por cierto, a todos aquellos que ven a nuestro país atrasado con respecto a otros europeos (que en ciertos aspectos puede ser verdad) y que siempre nos están comparando con otros países para negativizarlo todo, decirles que en Francia la tauromaquia está mucho más protegida que aquí, que allí el número de ganaderías cada vez es mayor y la afición en el territorio galo está en crecimiento. Además allí hay un gran número de aficionados jóvenes. Y por cierto, allí los antitaurinos tienen derecho a manifestarse, pero los taurinos también tienen derecho a asistir libremente a los toros y no tienen que aguantar insultos y provocaciones. Allí las manifestaciones antitaurinas lógicamente están permitidas, pero no cerca de las plazas de toros, porque consideran que tanto unos como otros son libres. Quizás sea verdad eso de que son más avanzados...

En definitiva, veo muchísima hipocresía, mucha demagogia y muchos intereses con respecto al toro bravo. No concibo como se puede pretender prohibir algo sin conocerlo. Quizás si hubiesen vivido un amanecer entre toros, hubiesen visto a los pájaros alimentándose subidos encima de los toros, viesen a una vaca brava parir y el instinto de un becerro bravo desde que nace, o simplemente el amor y el respeto que las personas del campo le tienen a este misterioso animal, quizás, al menos, nos respetarían...







Muchas gracias, porque supongo y espero, que al menos, se respete mi pensamiento. Felices Fiestas a todos. 

lunes, 10 de septiembre de 2018

La vida de un toro, la vida de "Pelolargo"...

Era finales de Octubre de un año seco. Hacía fresco pero la lluvia se hacía esperar. En el campo, el pasto de verano se agotaba y la falta de agua hacía que la otoñada todavía esperase para nacer, pero él no podía esperar. Ya llevaba nueve meses en las entrañas de su madre y era hora de ver la luz del sol, la luz del campo bravo, la luz de la vida. "Pelolargo" nació de la vaca del mismo nombre, marcada con el número 701, al final de la tarde de un día fresco de Octubre del año 2013 en el cerrado del "Pantanito", cerca de "Las Pistoleras". En pleno centro de la ruta del toro, a los pies de un castillo, el que le da nombre a la ganadería a la que él iba a pertenecer: "Torrestrella". Tuvo la suerte aquel precioso becerrito burraco de nacer en "Los Alburejos", una de las fincas de más solera del campo bravo gaditano.

"Pelolargo" un precioso becerrito burraco nacido en "Los Alburejos"...
"Pelolargo", bajo los cuidados de su madre y la atenta mirada del vaquero y el mayoral, jugueteaba con sus compañeros de camada por el pasto seco del "Pantanito". Cuando las primeras aguas llegaron, para evitar el barro y que el ganado tuviese respaldo y a la vez evitar que las pezuñas pisasen la hierba que comenzaba a nacer, el lote de vacas al que pertenecía la madre de nuestro becerro fue trasladado al monte, al cerrado de "Las Pilas". Allí abundaban los lentiscos y carrascas, y el pequeño macho burraco se escondía entre el monte con otros becerros de su camada.

El lote de vacas al que pertenecía "Pelolargo" fue trasladado al monte...
Aquel becerro fue creciendo y el pelo mulato con el que nació se fue oscureciendo. Ya era casi un añojo y llegó el momento del destete. Varios meses después el hierro caliente marcaba su piel. Aguantó firme y serio en el cajón, sin berrear ni quejarse en ningún momento. Tragándose el dolor, como lo hacen los bravos. Cuando la puerta se abrió, corrió decidido a su querencia, con el número 45 y el hierro de "Torrestrella" marcado para siempre en su pelo burraco.

Aguantó firme y serio en el cajón, sin berrear ni quejarse y cuando se abrió...
...corrió con el número 45 marcado en su pelo burraco para siempre...
Después del herradero pasó un año entero en "El Carrascal", la otra finca de D.Álvaro, y allí aguardó hasta el momento de su primera prueba de bravura. "Pelolargo" era un precioso eral y ya destacaban en su cabeza dos bonitos pitones que apuntaban hacia el cielo. Una mañana fría de febrero, con dos años cumplidos, llegó la hora del tentadero de machos. Le tocó en suerte a dos garrochistas de la casa, al joven rejoneador D.Pablo Domecq amparado por D.Juan Cid, mayoral de "Torrestrella". Aquel eral burraco hizo la carrera muy bien, rápido y derecho hacia la querencia, hasta que en las cercanías del caballo de picar el garrochista lo derribó dándole una espectacular voltereta. "Pelolargo" se levantó rápido y se arrancó a la cola de los caballos. En el primer puyazo empujó en el peto pero solo con el pitón más ofensivo, el derecho. A lo lejos el ganadero observaba el comportamiento del eral. Ordenó que lo pusieran de largo y el 45 se arrancó al peto alegre y al galope, demostrando su bravura. Hasta cuando había terminado la tienta y lo llevaban para la querencia se arrancaba galopando. Buena nota en el tentadero de machos.

Era un precioso eral y ya destacaban dos bonitos pitones...
...y llegó el momento del tentadero de machos...
...lo derribaron de una espectacular voltereta...
...y se arrancó rápido a la cola de los caballos...
...en el primer puyazo empujó con un pitón...
...en el segundo se arrancó de largo con alegría...
...y hasta cuando se lo llevaban se arrancaba galopando...
De erales para utreros volvieron a "Los Alburejos" y después de un invierno al resguardo del monte detrás del castillo de "Torrestrella", los machos del guarismo 4 empezaban a definirse. Entre una variopinta camada destacaba de todos por su seriedad y su llamativo pelo "Pelolargo". Ni aquel salinero careto conseguía hacerle sombra.

La camada empezaba a definirse y destacaba de todos "Pelolargo"...
...ni aquel salinero careto conseguía hacerle sombra...
Poco tiempo después, con tres años cumplidos, llegó el momento de ocupar los cerrados de toros. Del anonimato detrás del castillo, a ser el centro de atención en los alrededores del cortijo. Los primeros veedores se acercaban y ya en verano los utreros marcaban las caras que tendrían el año siguiente cuando fuesen toros.

De utreros ya marcaban las caras que tendrían al año siguiente...
Pasados unos meses, ya en invierno, el número 45 se iba cuajando y fue apartado con la cabeza de camada en el cerrado de "El Pozo". El pelo de invierno y todavía la falta de remate le daban cierta apariencia de novillo, pero su expresión iba cambiando.
Fue apartado con la cabeza de camada y aunque el pelo de invierno y...
...la falta de remate le daban apariencia de novillo, su expresión iba cambiando...
En primavera, nuestro becerro ya estaba reseñado como uno de los toros destacados de la corrida de Bilbao. Entre el colorido de las flores de "Los Alburejos" el pelo burraco y la seriedad de "Pelolargo" saltaba a la vista. Se había ido cuajando y su expresión había cambiado, ya si era un toro.

En primavera ya estaba reseñado como uno de los toros de la corrida de Bilbao...
...y entre el colorido de las flores...
...el pelo burraco y la seriedad del toro saltaba a la vista...
...se había ido cuajando y su expresión había cambiado...
Varios meses después el destino se acercaba. El número 45 ya estaba completamente rematado y paseaba su seriedad en las calurosas tardes del verano gaditano. Como había hecho desde becerro, en cuanto veía algo extraño se encampanaba, serio, seguro de su fortaleza, guardián de su territorio.

Paseaba su seriedad en las calurosas tardes de verano...
...y se encampanaba, serio, seguro de su fortaleza, guardián de su territorio...
Unos días más tarde los cencerros de los bueyes sonaban entre los cerrados. Era 15 de agosto, hacía calor y el polvo se pegaba al sudor de los caballos y de los vaqueros. Salían los toros de "El Pozo" y ya no volverían más. Cerca del cortijo se apartaban de dos en dos y se llevaban a los corrales. A media tarde solo quedaban los dos últimos, "Barbadura" y "Pelolargo". Galopaban con los bueyes hacia los corrales y una vez allí esperaban inquietos su momento. "Barbadura" pasó primero. "Pelolargo" esperaba solo, el último de la corrida en cargarse. Miraba a la gente que pasaba por encima del corral, miraba las puertas esperando que alguien entrase para enfrentarse a él, miraba hasta a su propia sombra, desafiante. Unos minutos después, a las seis de la tarde en punto, la puerta se abrió y aquel precioso burraco, en el último cajón del camión, salió de "Los Alburejos", de la tierra donde había nacido, para siempre.

"Barbadura" y "Pelolargo" esperaban inquietos su momento...
...y el 45 miraba desafiante a la gente, a las puertas y hasta su propia sombra...
...se abrió la puerta, se cargó en el último cajón y salió de "Los Alburejos"...
Al día siguiente, tras muchas horas de viaje y mil kilómetros recorridos los toros bajaron en los corrales de la plaza de Vista Alegre de Bilbao. Tendrían varios días para descansar del viaje y reponerse. Allí nadie los molestaría y vigilados por el mayoral, esperarían hasta que llegase el día clave. Con el paso del tiempo los toros se acostumbraron a su nueva estancia y estaban tranquilos, pero "Pelolargo", como durante toda su vida, al más mínimo ruido o movimiento se encampanaba desafiante.

Con el paso del tiempo los toros se acostumbraron y estaban tranquilos...
...pero "Pelolargo", al más mínimo ruido o movimiento...
...se encampanaba desafiante como había hecho desde becerro...
Se levantó una mañana espléndida. El frescor del norte no aparecía y más bien hacía calor. Era el día clave. Aquella mañana las cuadrillas, después de ver la corrida, habían hecho los lotes lo más parejos posible. Tres bolas de papel de fumar y muchos nervios. Los toros volvían al origen por un momento, al fondo del sombrero del mayoral. Un trozo de campo que siempre les acompañaría, hasta el final. "Pelolargo" había sido enlotado con el colorado girón de nombre "Tocón". Había mucha expectación con la corrida. Le tocó en suerte al joven torero Luis David Adame. Saldría en tercer lugar.

Tres bolas de papel de fumar y muchos nervios...
En el apartado todos los aficionados querían ver al precioso "Pelolargo". Entró al corral de apartado, miró hacia arriba y esperó, esta vez más tranquilo. Sonó un timbre y en una esquina se abrió una puerta. El burraco se acercó, pero se frenó al pasar. Le sacaron un pañuelo y tras un resoplido aquel toro marcado con el número 45 quedó enchiquerado.

Entró al corral de apartado, miró hacia arriba y esperó...
...se frenó al pasar, y tras una arrancada, quedó enchiquerado...
Mientras el torero se vestía, el toro esperaba en la soledad del chiquero. Un murmullo crecía en los alrededores de la plaza. La hora se acercaba. La divisa, azul y oro, esperaba paciente el momento de ser clavada en el morrillo. Los colores de "Torrestrella" en el pelo burraco de un típico "Torrestrella".

La divisa, azul y oro, esperaba paciente a ser clavada en el morrillo...
Los dedos del torero liaban el suave capote de paseo. Sonaban los clarines. Empezaba la corrida. Salían los toros de "Torrestrella" al ruedo de Vista Alegre. Y al igual que en el embarque, tras "Barbadura", llegó el turno de "Pelolargo".

Los dedos del torero liaban el capote de paseo...
...y tras "Barbadura" llegó el turno de "Pelolargo"...
Número 45, nacido en Octubre de 2013, 545 kg de peso. Se abrió la puerta de chiqueros y llegó la hora de la verdad, el destino, la lidia, la muerte. Después de cuatro años de cuidados el mayoral observaba tras la barrera. Tocaba demostrar si todas esas miradas desafiantes eran de verdad. Era el momento de demostrar lo que llevaba dentro. Cuatro años de crianza para quince minutos de gloria. Salía aquel becerro burraco a la oscura arena de Bilbao para embestir hasta la muerte.

La tablilla anunciaba sus datos...
...después de cuatro años de cuidados el mayoral observaba...

...y salía aquel burraco para embestir hasta la muerte...
La mirada desafiante, como siempre, encampanado y serio. El morrillo lucía brillante, esta vez vestido por los colores de la divisa, por los colores de su casa, por los colores de "Torrestrella". Trotaba majestuoso "Pelolargo" por el ruedo y los aplausos sonaban por los tendidos. Presentación impecable, vistosidad en la cara y el pelo.

La mirada desafiante, como siempre, encampanado y serio...
...el morrillo lucía brillante, vestido por los colores de la divisa...
...trotaba majestuoso "Pelolargo" y los aplausos sonaban por los tendidos...
Embistió al capote de Adame con fuerza y transmisión, colocando la cara a media altura y con el rabo apuntando al cielo. Mientras el burraco galopaba por la arena el torero lo llevaba por chicuelinas al peto.

Embistió al capote de Adame con fuerza y transmisión...
...y mientras el burraco galopaba el torero lo llevaba por chicuelinas al peto...
Se arrancó alegre al caballo, galopando, y empujó solo con el pitón derecho, igual que hizo aquella mañana fría de febrero en el tentadero de machos. Volvió al segundo puyazo, pronto, sin dudar en ningún momento. Fijo en el torero, esperaba al cite para el quite. Encampanado, serio. La pelea era de verdad. En banderillas galopó con transmisión, encelado tras el traje de los banderilleros. Y llegó el último tercio.

Se arrancó alegre y empujó con el pitón derecho...
...fijo en el torero, esperaba el cite para el quite...
...en banderillas galopó con alegría...
Lo citó el torero desde los medios y "Pelolargo" galopaba queriéndose comer la muleta. Le dio muchos muletazos y el toro no paraba de repetir, colocando la cara a media altura, pero con mucha transmisión. Fue igual de claro tanto por el izquierdo como por el derecho y siempre fue con casta tras la muleta, hasta en los pases de pecho.

Lo citó el torero desde los medios y el toro galopaba queriéndose comer la muleta...
 ...no paraba de repetir y fue igual de bueno por el izquierdo...
...como por el derecho...
...y siempre fue con casta tras la muleta, hasta en los pases de pecho...
Lo mató en el tercio, de una estocada entera y aquel bonito burraco aguantó la muerte hasta el final. En el arrastre el público le recompensó con una sonora ovación, al torero le pidió una oreja y el ganadero tuvo que saludar al final de la corrida por haber criado una corrida de toros tan interesante.

En el arrastre el público le dió una sonora ovación...
...al torero una oreja...
...y el ganadero tuvo que saludar por el conjunto de la corrida...
Y así fue la vida de "Pelolargo", una vida que comenzó una tarde de octubre en el cerrado de "El Pantanito" y acabó entre palmas una tarde de agosto en Bilbao. Un toro bravo que tuve la suerte de ver nacer, crecer y pelear con bravura hasta el final. Acaba la vida y empieza el recuerdo. "Pelolargo", un bonito burraco de "Torrestrella" que nunca olvidaré...