Estas cansado de la ciudad y necesitas despejarte un poco. A media
tarde decides dar un paseo por el campo. No tienes mucho tiempo, pero
necesitas respirar aire limpio y saborear el olor a pasto mojado después
de una semana de lluvias. Solo buscas tranquilidad. Necesitas observar
la inmensidad del campo aunque sea por un rato.
Cuando
llegas te bajas del coche acelerado. La ciudad, el ruido, los coches,
la gente... La rutina te agobia. Una vez en el campo andas hasta perder
de vista la carretera. Llegas a un alambrado y te sientas allí. Los
toros están detrás del cerro y no se ven, pero te da igual.
La
brisa de la tarde otoñal te acaricia la cara. Un pajarillo vuela
cercano. Escuchas un mugido detrás del cerro. Entonces piensas en lo
bonito que es el campo y, en general, la naturaleza. El campo te absorbe
y el poco tiempo que tienes pasa rápido. Tienes que volver a la ciudad
de nuevo. Te levantas y andas unos metros, pero, tras de ti, se
escucha el batir de las alas en el enérgico vuelo de la perdiz. Se posa
en el palo del alambrado donde estabas sentado. Y la observas por un
instante. Te admiras de su colorido plumaje y de su belleza. Ella
parece mirarte también.
Tras
unos segundos vuelves a pensar en la hora y en que tienes que volver a
la ciudad. Entonces te intentas volver hacia el coche de nuevo, pero
en ese mismo instante, la perdiz parece darse cuenta de que te vas y
empieza a cantar.
El campo no quiere que te vayas. Observas a la perdiz cantando e incluso cierras los ojos para disfrutar más de su canto, pero tienes que volver a la ciudad. En ese justo momento la perdiz calla y, a lo lejos, un toro muge desde detrás del cerro. Ella parecía saberlo y hasta vuelve la cabeza para escucharlo. Parece que hablan.
Te crees en un sueño, pero solo estás en el campo. Cada vez que piensas en irte la naturaleza te coge de la mano y no deja que te vayas. Ya no resistes más e incluso te acercas más a la perdiz. Ella, al verte, parece cantar más fuerte y el toro parece mugir más fuerte también.
Disfrutas de su canto un rato más. Te sientes un ser privilegiado. Junto a esa perdiz, escuchando ese sonido y solo con la compañía de la naturaleza. Pero ya si te tienes que ir. Es muy tarde ya y decides volver. Te sientes mal por irte de allí. Sabes que la naturaleza no quiere que te vayas y parece poco lógico no disfrutar más de ese momento. Andas hacia la carretera pero tras tus pasos el canto de aquella perdiz parece sonar aún más fuerte. Entonces decides volverte para mirarla por última vez. Al girarte te das cuenta que aquel toro que le contestaba a la perdiz desde detrás del cerro también estaba allí. Sin que te dieses cuenta te había estado mirando desde hacía un rato. Había acudido a la llamada de la perdiz para impedir que te fueras. Él también pertenece a la naturaleza.

Finalmente, con una sonrisa en la cara, decides volver. Cuando llegas al coche el canto de la perdiz se escucha lejano. Ya con la puerta abierta te paras unos segundos para volverlo a disfrutar y el toro colorado muge a lo lejos. Respiras una bocanada de aire fresco por última vez, como queriendo llevarte ese olor a la ciudad para siempre. Entonces arrancas el coche y te vas del campo. Vas tarde pero no aceleras, no quieres irte de allí. Por el camino piensas en ese momento en el que la perdiz parecía hablar con el toro, en ese olor y esa belleza. Una extraña alegría te llena y te sientes feliz, casi emocionado. Ya en el primer semáforo piensas si contárselo a alguien, pero decides que aquello debe quedar entre el campo y tu. Conduces por la avenida con una sonrisa. Las luces, el ruido y los coches te dan igual, tu cabeza todavía parece escuchar el canto de la perdiz y el mugido del toro...