jueves, 17 de marzo de 2016

Miura, la obsesión de la bravura...

Amanece un día cualquiera. Los primeros rayos del sol se cuelan entre las encinas. Mañana fría, todavía invernal, pero el brillo de las flores de los jaramagos que crecen junto al alambrado anuncia que la primavera está cerca. Su belleza atrae a una abejilla que juguetea incansable entre ellas. La suave brisa se la lleva lejos de vez en cuando, pero ella vuelve una y otra vez a esas flores que son su obsesión, cargando sus finas patitas de ese polen que repartirá generosa por la llana campiña sevillana.

Junto al alambrado...
...la belleza de las flores de los jaramagos atraen a una abejilla...
...que a pesar del viento vuelve una y otra vez incansable hacia ellas
Me quedé un rato pensando, ensimismado en aquel detalle minúsculo y sutil, pero a la vez repleto de belleza. La naturaleza es como una amante preciosa, por mucho que la conozcas y la veas, siempre encandila. Un sonido lejano asustó a una perdiz que andaba por allí y me sacó de mis pensamientos. Era una melodía armónica que se acercaba suavemente y despacio. Cada vez sonaba más fuerte. Rompía el ruidoso silencio del campo pero no molestaba, era la melodía perfecta para aquella mañana. Al poco tiempo apareció en el horizonte un garrochista y su montura, el sombrero de ala ancha bien calado, la cara suelta del caballo y el mosquero de oreja a oreja, como siguiendo aquella música que cantaban los cascos. Al poco tiempo apareció otro, a lo lejos, callado. Por otro lado venía una collera, esta vez, hablando. Venían de Jerez, Medina Sidonia, Sevilla... Nombres ilustres de la garrocha llegaban por las veredas y cañadas a Zahariche, como si fuesen abejillas que buscan la obsesión de la bravura.

Un sonido lejano asustó a una perdiz...
...era una melodía armónica que se acercaba despacio...
...por otro lado venía una collera, esta vez hablando...
...los garrochistas llegaban a Zahariche, como si fuesen abejillas que buscan la obsesión de la bravura
Los ganaderos y su gente esperaban hospitalarios en el corredero. Un saludo cordial, corto y sencillo, que pudiese parecer seco, pero no lo es. En el campo se gastan pocas palabras porque hasta las miradas hablan. El caballo de picar, protegido de los astifinos pitones, aguarda al final del corredero. Un viejo vaquero, como si de su escudero se tratase, le acompaña. Su perro descansa a la sombra del caballo, tranquilo, seguro de si mismo. Todo está en su sitio y todo tiene su porqué.

Un saludo corto, en el campo se gastan pocas palabras porque hasta las miradas hablan...
...el caballo de picar, protegido de los astifinos pitones, aguarda al final del corredero...
...un perro y un viejo vaquero hacen de escuderos.
Los ganaderos dan la orden y la seña se levanta al aire. El primer becerro sale del rodeo y es acosado por los jinetes de la familia. D.Antonio Miura presencia desde cerca como su sobrino le da una voltereta y lo pone al caballo. Se hacen las cosas con sencillez y tranquilidad, sin molestar a los becerros en exceso. Los demás garrochistas observan atentos la faena, cogiendo los detalles de como gustan las cosas en esta casa.

D.Antonio Miura presencia como el primer becerro es derribado por los jinetes de la familia...
...y los demás garrochistas observan atentos como gustan las cosas en esta casa
Después van actuando las colleras por orden de antigüedad, para que los jóvenes vayan viendo como hay que hacer la faena, empapándose de la sabiduría del campo bravo. Mientras el becerro viene corriendo D.Eduardo recoge un bolígrafo que le da su hermano. El silencio tenso del corredero es roto por las voces de la collera que viene acosando a un bonito eral cárdeno a compás. La echada es espectacular y el rabo del novillo parece tocar las nubes que observan la faena desde el cielo de Zahariche.

D.Eduardo recoge un bolígrafo que le da su hermano...
...mientras el silencio es roto por las voces de la collera que corre un cárdeno a compás...
...en la echada el rabo del novillo acaricia las nubes que aficionadas no se van del corredero
La faena va transcurriendo poco a poco, sin prisas, todo a su tiempo. Los garrochistas, eficaces y habilidosos, van derribando a los futuros toros de Miura y los van poniendo en suerte. Cada vez se ponen más lejos. El picador levanta el palo y la voz resuena a través del viento del norte que sopla constante, como el galopar de los erales detrás de los caballos. Cada llamada es una pregunta y los becerros responden con lo que llevan en lo más profundo de sus entrañas. Uno echa la cara alta con violencia, pero el siguiente se arranca de largo desde la contraquerencia, a galope, y empuja con bravura en el peto. D. Eduardo, firme y sereno, apunta las respuestas. Cada vez que pasa una hoja, se queda pensativo.  Parece acariciar a su padre y a todos los antecesores que como él, tuvieron en sus manos esa libreta en una mañana fría de tentadero de machos.

Los garrochistas, eficaces y habilidosos, van derribando a los futuros toros de Miura...
...y, cada vez más lejos, los van poniendo en suerte...
...cada llamada es una pregunta...
...uno echa la cara arriba con violencia...
...pero otro se arranca de largo a galope...
...y empuja en el peto demostrando la bravura que lleva dentro.
D.Eduardo apunta pensativo y cuidadoso, casi acariciando a sus antepasados
Sale otro becerro del rodeo y D. Antonio se enciende un cigarro, como si quisiese calmar con el humo la inquietud que le corre por dentro. Comenta con su hermano el juego de cada becerro, con cortas palabras, no hace falta mucho para entenderse. A veces, solo se miran y ya saben lo que se quieren decir, porque en definitiva, se quieren decir lo mismo. Lo bien que empujó el cárdeno claro o como el negro buscó la excusa de la rienda para irse suelto. No se escapa un detalle.

D.Antonio se enciende un cigarro, intentando apagar con el humo la inquietud que le corre por dentro...
...con pocas palabras o incluso con la mirada, comenta con su hermano el juego de cada becerro...
...lo bien que empujó el cárdeno...
...o como el negro buscó la excusa de la rienda para irse suelto
Un eral aprieta pero el caballo del amparador lo lleva torero hacia el picador. Los pitones del bravo novillo siguen con codicia, a escasos centímetros, las cachas del caballo. El arte va empapando la mañana. Arte que se acompaña de un sabor añejo especial. El ambiente es distinto, serio, antiguo. Como si el reloj se hubiese parado, como si en este trocito de campo cargado de recuerdos de jinetes, ganaderos y toros bravos no hubiese pasado el tiempo.

Un eral aprieta y los pitones rozan las cachas del caballo...
...pero el amparador lo lleva torero hacia el caballo del picador
Un colorado, quizás descendiente de aquel "Murciélago" indultado por Lagartijo en Córdoba, embiste al garrochista con casta. Se arranca de largo al caballo mientras el ganadero observa atento. Las asas del hierro de la casa parecen ensancharse aun más, orgullosas de su historia y su legado, repletas hoy de la bravura demostrada por los erales en el corredero de la misteriosa Zahariche.

Un colorado embiste al garrochista con casta...
...y mientras el ganadero observa, se arranca de largo al caballo...
Hoy parecen ensancharse aun más las asas del hierro de la casa
La faena está acabando y el último eral ya galopa corredero abajo. Viene bien corrido, es llevado al sitio perfecto y D.Álvaro Domecq monta el palo. Dicen que la edad no perdona pero hay una cosa que siempre perdura, la casta. Coge al becerro en el sitio y empuja. La garrocha se hace un arco y el becerro da la voltereta entre las flores del corredero. Los demás garrochistas quedan asombrados del empaque que todavía conserva el guardián de Los Alburejos y la piel se eriza. La faena acaba con instantes para el recuerdo y en la memoria queda el comportamiento de los becerros. Su destino les espera dentro de dos años, en las mejores plazas del mundo, esas plazas que llenarán de bravura, miedo y expectación.

D.Álvaro, repleto de casta, derriba al último becerro dejando un instante para el recuerdo
Todas las colleras le dan la enhorabuena a los ganaderos, las gracias a la Virgen del Rocío por su protección y se encienden el último cigarro de la mañana protegidos de la brisa dentro de las chaquetas. Le sueltan la cara a los caballos como recompensa y con la garrocha al hombro emprenden el camino de vuelta. El vaquero acaricia a su perro como agradecimiento al trabajo prestado mientras la tarde se acerca sigilosa.

Se encienden el último cigarro de la mañana...
...le sueltan la cara a los caballos como recompensa...
...y con la garrocha al hombro, emprenden el camino de vuelta...
...el vaquero acaricia a su perro mientras la tarde se acerca...
Zahariche se queda sola de nuevo, tranquila, oculta, misteriosa. Ya no resuenan los cascos de los caballos y la voz del picador y todo vuelve a la calma. Un toro muge al cielo, mientras otro se esconde entre la sencilla flor blanca del gamón. Se alejan despacio, como si no quisiesen que nadie los viese, celosos de una historia que ellos mismos guardan en su interior, esa historia que asoma en la viveza de sus miradas. Otro, más presumido, se encampana a lo lejos, orgulloso de lo que representa. El hierro que lleva marcado a fuego en su piel es conocido en todo el mundo y no deja indiferente a nadie, y él parece saberlo.

Un toro muge al cielo y otro se esconde detrás de la florecilla blanca del gamón...
...se alejan despacio, celosos de la historia que guardan en su interior...
...esa historia que hasta comiendo asoma en el brillo de sus miradas...
Otro toro, serio, se encampana orgulloso de su hierro y de lo que representa.
La tarde va cayendo y el sol se esconde rápido entre las encinas, más rápido que en ningún sitio, parece temeroso. Quizás haya visto el nombre de Miura en el cielo de Zahariche o la señal de oreja de uno de sus toros. El verde del cerrado contrasta con el rojo del atardecer. Rojo y verde, divisa emblemática que lucirá el toro que observa como asoma la luna por el otro lado.

El sol se esconde temeroso, parece haber visto el nombre de Miura...
...o la señal de oreja de uno de sus toros...
...mientras el cornidelantero observa como aparece la luna por el otro lado
Una lechuza se escucha cercana y los astifinos pitones asoman detrás de la encina donde ella se encuentra escondida pero segura. Quizás ella sepa que la protegen igual que protegen a todo ese campo que pisan los toros bravos.

Los astifinos pitones protegen a la lechuza y a la naturaleza...
El sol temeroso que antes parecía correr, ahora no quiere irse. La luna empuja por el otro lado pero él aguanta. No quiere dejar de ver ese brillo en las miradas, ese misterio. Parece haber perdido el miedo y ahora se quiere quedar. Con más fuerza que nunca, ilumina a ese toro que come. Los toros parecen agradecérselo y juegan con él. Berrean al cielo pidiéndole que no se vaya, como si supiesen que no les quedan muchos días para enfrentarse a su destino, que los clarines sonarán pronto en una bella tarde sevillana, pero él no tiene más remedio. Se va hasta un nuevo día y los toros lo despiden hasta la próxima mañana.

Ahora no quiere irse y con más fuerza que nunca ilumina a ese toro que come...
...los toros parecen agradecérselo y juegan con él...
...berrean al cielo para que no se vaya...
...y lo despiden hasta la próxima mañana
Los últimos rayos de sol se pierden y el frío de la noche empieza a notarse. Zahariche se duerme orgullosa y tranquila. Los erales descansan después de demostrar su bravura en el corredero, los toros se van hacia su querencia y el garrochista se acuesta. Junto a la chimenea, sueña con su obsesión, volver a sentir esas florecillas que despierta la bravura entre la cola de su caballo, la bravura de los toros de Miura...



martes, 17 de noviembre de 2015

Arrugas...

Va llegando el invierno, el frío y el agua, la noche cada vez aparece antes y las tardes son mucho más cortas. Las vacas van pariendo y los toros del año que viene todavía están aniñados. Toca pensar, toca ilusionarse. Hay toros que, poco a poco, te van enamorando. Te los imaginas en primavera, rodeados de flores, cuando los días se alargan de nuevo y el sol comienza a apretar. Imaginas a ese becerro, ese que has visto crecer, ese que tu mismo herraste, pisando el albero de La Maestranza una tarde de Abril. Cuatro años de vida, muchas horas junto a ese toro que tanto te ilusiona, se enfrentan a su destino en veinte minutos de lidia. Triunfo o decepción, pero por siempre recuerdo. Jamás lo olvidarás. La candela se va apagando y te saca de tus pensamientos. Echas otro tronco y miras a tu lado. El mayoral mira fijamente el fuego y sus ojos se iluminan por la llama, la llama de la ilusión un invierno más. Un becerro que nace, un semental que se muere, un toro que triunfa entre clamores y otro que desilusiona. La vida, el destino en unos ojos, en una mirada, en una candela. Cientos de arrugas llenan sus manos. Esas manos que apuntaron en la libreta a ese becerro recién nacido que se mete en tus pensamientos en esta tarde de invierno. Las mismas que amarraron a aquel otro que triunfó en Bilbao para curarlo del ojo. Cuantas cosas habrán vivido esas manos...

Esas manos que apuntaron a ese becerro recién nacido...
...y amarraron a aquel toro que alcanzó la gloria en Bilbao...
Cuando un niño nace tiene las manos suaves y lisas, aún están en blanco. A medida que crece, su vida se va escribiendo en el libro de su piel. Cada arruga es un recuerdo, cada cicatriz una vivencia ¿Cuantos toros habrá entre las arrugas de las manos del mayoral? Esas manos que cierran puertas a tiempo el día del embarque, las que amarran la cola del caballo para que no se le llene de barro en estos días de invierno. Las mismas que saben hacer un buen porro y a la vez tienen la precisión suficiente para tirárselo al toro rebelde en el momento justo ¿Cuánta experiencia guardan? Esos dedos firmes, con la misma navaja con la que hizo el porro, fueron las que le hicieron la señal de oreja a ese toro que se lidiará el año que viene. Con ese tacto fue criado aquella becerra abandonada que salió tan buena en el tentadero y el toro colorado que todavía hoy, ya con cuatro años, se deja acariciar.

Esas manos que cierran la última puerta el día del embarque...
...las que amarran la cola del caballo los días de agua...
...que saben hacer un buen porro...
...y tirárselo al toro rebelde en el momento justo...
...las que con la misma navaja...
...le hicieron la señal de oreja al toro de tus pensamientos...
...entre las que se crió aquella becerra...
...y las que todavía echa de menos el toro colorado...
El primer caballo que montaste lo domó él. Muchas tardes de verano, casi al atardecer, le dieron cuerda a aquel potro cuando tu todavía eras un niño. Esas manos fueron las tuyas cuando tuviste que aprender a coger las riendas y la vara de acebuche a la vez. Muchos de los recuerdos que guardas en tu memoria están escritos ahí, en esas arrugas...

Las que le dieron cuerda a aquel potro en las tardes de verano...
...y fueron las tuyas cuando cogiste las riendas y la vara a la vez...
El tronco que echaste antes ya arde fuerte y te tienes que separar. Echas la silla hacia atrás y el mayoral se levanta a por un café. Te empieza a hablar de los toros de la próxima camada mientras la lluvia golpea en la ventana. Le hablas del toro que te ilusiona y recuerda el tentadero de su madre y cuantos puyazos le dio. Hace ya diez años, pero sigue escrito ahí, como si fuese ayer. De esa vaca, se va a la abuela y de la abuela, al semental. Tu escuchas atento, callado, disfrutando. Parece que tiene la libreta entre las manos, igual que cuando hace los lotes y mira las reatas, pero no le hace falta. No te mira a ti, habla mirando a la candela, pero tu no paras de mirarle las manos. 

El tronco que echaste ya arde fuerte y te tienes que separar...
...recuerda los puyazos que le dio mientras habla de reatas...
...como si tuviese la libreta entre las manos...
La conversación sigue y apura el cigarro como hace cada mañana encima de su caballo. El tabaco, el café, la candela y la humedad de la casa empapan el ambiente de un olor fuerte pero mágico. De las reatas de toros, pasa a los caballos, de los caballos a las herraduras... y el fuego se vuelve a venir abajo. Te da la sensación de que los troncos se consumen demasiado rápido esta tarde...

Apura el cigarro como cada mañana encima de su caballo...
...te habla de toros, de reatas, de caballos, de herraduras...
...mientras la llama abraza a los rescoldos que se van apagando...
Al echar el siguiente tronco recuerda a un mayoral de los antiguos, de los que vestían de corto todos los días. Habla con muchas pausas, con mucha nostalgia. Narra su juventud y las charlas con aquel hombre tan mayor, lleno de arrugas, a la luz de la candela los días de invierno. Se para muchísimo, como si aquel hombre tan sabio fuese su ídolo de pequeño. Recuerda como le enseñó a limpiar los pilares de los toros para que bebiesen mejor, con una escoba de clavellina, de las que hacían los antiguos cuando no había otra cosa. La maestría de aquel hombre para encontrar a los becerros cuando las vacas los escondían, esa misma destreza que utiliza él para enchapar a los becerros desde lo alto del caballo a día de hoy...

Como le enseñó a limpiar los pilares de los toros con escobas de clavellina...
...y la maestría para encontrar a los becerros, como él hace hoy...
La conversación seguía pero el mayoral estaba mucho más serio, más metido en las arrugas de sus manos que nunca. La candela brillaba en los ojos de aquel hombre mientras su mirada se perdía entre las llamas de su recuerdo. Aquel mayoral antiguo parecía estar allí presente en ese momento. No le ponías cara, pero lo imaginabas a caballo por los patios del cortijo, al paso. El tronco que ardía chascaba y parecían los cascos del caballo por el empedrado...

No le ponías cara pero lo imaginabas...
El mayoral paró de hablar y se hizo el silencio por unos minutos. Fuera había escampado. Estaba más pensativo que nunca y bajó la mirada. Se quedó unos segundos mirando sus manos y se dio cuenta que aún tenía puestas las polainas. Tu te levantaste de la silla y rompiste el silencio. Era el momento de irse. El mayoral te despidió agradable mientras se quitaba las polainas. Le costaba quitarse las presillas. Dijo que con el frío le dolían las manos, pero tú sabías que no era eso. No cabían más recuerdos. Eran como un pergamino antiguo. Miles de historias, miles de toros y vacas, de caballos, se agolpaban en cada centímetro de su piel. Cada arruga era un recuerdo. Saliste de la casa asombrado, mirándote las manos. Estaban jóvenes, pero ya se vislumbraban algunas arrugas. Las miraste una por una, como queriendo adivinar cual sería la de aquel toro y cual la de esa tarde inolvidable, a la luz de la candela, con el mayoral...